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Consecuencias graves por fumar en un ambito social, las cuales pueden ser causas de merte en jovenes y adultos
Ls industrias tabaqualeras factor de economia mundial o factor de destruccion social
Prevenir el tabaquismo en los jovenes promueve actividades fisicas, culturales,etc.

EL FUMADOR
Por Santiago de Francisco

Elías Catute se despertó hacia las cinco de la mañana, como de costumbre. Rosaura, su mujer desde hacía tres años, apenas produjo vagos murmullos de protesta ante el movimiento del colchón y las cobijas, como todos los días desde hacía tres años. Claro que al principio esos murmullos se producían en un tono sutilmente distinto: además de una vaga protesta se intuía la posibilidad de un parsimonioso y lánguido sexo tempranero. Ya no.

Elías, alto y delgado, de piel cetrina, con grandes ojeras, cejas muy pobladas y una mata de pelo negro desordenado, con dos zancadas de jirafa entró al cuarto de baño y jubilosamente descargó su micción de burro, cuyo chorro aún continuo y no modificado por sus 47 años parecía más poderoso por la altura de la descarga. Se echó agua en la cara y la cabeza y luego se dirigió a la cocina, donde se preparó el consabido tazón de café oscuro y amargo, el cual acompañó con su primer cigarrillo, el más importante de los dos paquetes y medio que se fumaría en el resto del día. Procedió luego a echarle maíz a las gallinas que, como él, ya iniciaban su ajetreo cotidiano, escarbando y picoteando en el patio trasero. Acompañado de su segundo cigarrillo, le dio de comer a los pececitos de colores que revoloteaban en la pileta tallada de una sola piedra, antiguo bebedero de caballos del viejo hospital del pueblo, demolido hacía más de veinte años.

Continuando con su rutina diaria, puso la fruta y cambió el agua de las múltiples jaulas de mirlos, toches palmeros, turpiales, pericos y canarios que iniciaban sus gorjeos matutinos. Culminada esta labor, se sentó en la butaca situada estratégicamente al lado de la puerta de la cocina, desde la cual podía observar, fumándose su tercero, cuarto y quinto cigarrillos del día y bebiéndose otros tantos tazones de café negro, los pájaros bañándose en los recipientes pandos y anchos de agua, la iguana bajando sigilosa y muy lentamente del palo de mango para beber en la pileta de piedra, en movimientos casi imperceptibles para no alertar a los perros que al detectarla podrían darle muerte en cuestión de segundos.

Cuando estaba prendiendo su sexto cigarrillo a las 8:30 de la mañana, y como si estuviera programada al milímetro, apareció Rosaura en la puerta de la alcoba con los párpados pesados y el cabello alborotado, envuelta en su bata de lanilla. Sus huesos grandes y carnes apretadas le daban una apariencia un poco intimidante, a la vez que deseable. Retadora. Elías se sentía ante esta mujer de treinta y cinco años como, pensaba él, se debía sentir el capitán Ahab ante la gran ballena blanca.

—Ya empezó usted su joda diaria con todos esos bichos —dijo ella, como todas las mañanas, palabra más, palabra menos.

—¿Cuándo será que en vez de pararles tantas bolas a esos animaluchos me conversa, aunque sea un ratico?

Elías Catute miró a su mujer con ojos fatigados y le dijo:

—Buenos días. Gracias a Dios yo también dormí bien.

Mientras Rosaura, haciendo caso omiso del comentario, mascullaba y refunfuñaba preparando el desayuno, Elías se fumó el séptimo y octavo cigarrillos del día.

Sentado a la mesa, una hora y seis cigarrillos adicionales después, Elías le preguntó a su mujer:

—He pensado en construir un altillo sobre el zaguán de acceso a la casa, para que colguemos una hamaca y tengamos vista hacia los potreros de don Gilberto. ¿Qué opina?

—Pues no sé para qué me pregunta, si usted nunca tiene en cuenta mi opinión. ¿Cuánto hace que le estoy diciendo que ya es hora que tengamos chinos? Ni usted ni yo nos estamos haciendo más jóvenes. Pero claro, como usted no quiere tenerlos todavía, da exactamente lo mismo lo que yo piense o sienta. Haga lo que le parezca. A propósito, este domingo estamos invitados a comer sancocho donde mamá. Espero que de aquí allá no se invente alguna disculpa, como siempre.

¿Cómo así que a propósito? ¿A propósito de qué? Elías, después de tres años de escuchar la misma frase, respondió:

—No tengo ningún problema en ir a almorzar adonde su mamá. El sancocho seguramente estará buenísimo. Lo que no pienso hacer es ir después a la casa de su hermana a oírlas hablar durante horas, como siempre, sobre lo lindos, inteligentes y educados que son sus sobrinos. ¡Ni de vainas!

—Claro, como es mi familia... ¿Por qué no puede usted ser como el marido de mi hermana? Ese gringo sí es un lujo. ¡Y cómo la consiente! Hay que ver lo buen papá que es; todo el tiempo que le dedica a los chinos. Pero no, usted prefiere criar animales y velar por las putas matas. Y si no, pasarse horas leyendo esas noveluchas que ni son literatura ni son nada.

—Rosaura, cualquiera que la oiga va a confirmar que lo mejor del matrimonio es la viudez... aunque el muerto sea uno. ¿Está segura de que cuando se casó conmigo usted no estaba pensando que yo era otro?

—Lo que pasa es que hay que hacer un esfuerzo para que el matrimonio funcione y usted sólo piensa en usted y en su comodidad. ¿Es mucho pedir que me tenga en cuenta, así sea un poquito? Por eso es que usted no quiere hijos, porque no resiste pensar en que le tocaría sacrificar su egoísmo y su rutina.

—Rosaura, no joda tanto. No me parece conveniente traer criaturas al mundo cuando la mamá es tan desdichada como usted, que sufre de insatisfacción crónica.

—Pues claro, como yo siempre tengo la culpa de todo...

—¿Sabe qué? Voy a ir a la tienda a comprar unos cigarrillos y vuelvo.

—¡Claro... como siempre! Se larga cada vez que al fin logramos hablar algo. Y pretende que yo esté contenta. ¡Humpf!

Durante cuatro años lloró Rosaura la ausencia del marido, que nunca volvió de la tienda con los cigarrillos. Pasó por todos los estados de ánimo imaginables: dolor, desconcierto, incertidumbre, ira, negación, odio, esperanza y desesperanza. Al comienzo pensó que probablemente lo habían secuestrado, pero no encontró evidencia alguna que soportara esta suposición. Por don Toño, el tendero, supo que su marido, en efecto, había comprado aquella mañana un cartón de Marlboro y al salir de la tienda se había marchado en dirección a la plaza.

Sólo en brevísimos y fugaces momentos se alcanzó a preguntar Rosaura si no tendría ella algo que ver con la ausencia de Elías, pero descartaba el pensamiento con la misma rapidez con que se le aparecía. Así, se angustiaba convencida de que algo terrible tenía que haberle sucedido al marido ausente.

Cuál no sería su sorpresa cuando, pasados cuatro años del viaje a la tienda, Elías Catute llegó a la hora de la cena con su andar de jirafa, como si nada hubiera pasado. Estaba igual, salvo por una notable mejoría en el tono de la piel.

—¡Bendito sea mi Dios! ¡Mijo adorado! ¡Qué le pasó! ¡Dónde andaba! —se atropellaban las preguntas una tras otra, y al mismo tiempo cubría al marido con besos y abrazos tan atropellados como las preguntas.

Después de la cena, mientras Elías se tomaba su tazón de café negro, Rosaura le preguntó por qué no estaba fumando.

—El cigarrillo lo dejé hace cuatro años. De lo demás hablamos mañana, mija, que estoy muy cansado.

A las 8:30 de la mañana siguiente, cuando ya Elías había dado de comer a las gallinas, los pececitos y los pájaros, y se había tomado tres tazones de café negro, y observaba tranquilamente a la iguana desplazarse lentamente por el tronco del mango hacia la pileta de piedra, apareció Rosaura en la puerta de la alcoba con los párpados pesados y el cabello alborotado, envuelta en su bata de lanilla como una carpa de circo.

—¡Otra vez la misma joda! —dijo ella—. Parece que el tiempo que anduvo por fuera no le sirvió para nada. ¡Volver a dedicarse únicamente a esos berracos animales! —y mascullando y refunfuñando se metió a la cocina a preparar el desayuno.

Elías se hizo la reflexión de que si el matrimonio fuera bueno, ya se sabría. Con el asomo de una sonrisa pensó, además, que ahora que no fumaba, ¿qué podría ir a buscar a la tienda?

—Rosaura, ¿sabe qué? —gritó desde el zaguán— ¡Voy a la tienda a comprar unos fósforos!